
Imaginemos una caja con el siguiente dispositivo: un detector de partículas (como un contador Geiger), una ampolla con un gas letal, un resorte y un martillo. La cosa es sencilla: si el detector pilla una partícula emitida por una sustancia radiactiva X, activa el resorte y rompe la ampolla. Y junto con este mecanismo, Erwin ponía un gato y cerraba la caja (no me preguntéis porqué un gato... ¡quizá no le gustaban!). Al lado de la caja, ponemos un trozo de la sustancia X, suponiendo que emite una partícula por hora de promedio. Pues bien, dejamos pasar una hora. ¿Cómo está el gato? ¿Vivo o muerto? ¡Ajajá! ¡Bienvenid@s al maravilloso mundo de la mecánica cuántica! Pues no hay forma de saberlo sin abrir la caja, es decir sin alterar radicalmente las condiciones del experimento.
Mientras la caja estuvo cerrada, lo más que podemos decir son probabilidades acerca del estado del felino. O sea que su estado era vivo y muerto a la vez... tal vez estuviera muerto, tal vez no, y no podemos decir categóricamente en qué estado se encontraba. El felino estaba en un estado llamado superposición. ¿Interesante, eh? Pues esto no son brindis al sol ni fantasías de chiflados de bata blanca. La mecánica cuántica funciona y la mar de bien. ¿Una prueba? Que si no funcionara, no estarías leyendo esto, puesto que no habría ordenadores. No sé porqué, pero me da que Erwin tendría perro.